Acceso denegado (Parte 4)
Bautizados, pero excluidos de la mesa?
“Tres veces al año se presentarán todos tus varones delante del Señor tu Dios en el lugar que Él escoja: en la Fiesta de los Panes sin Levadura, en la Fiesta de las Semanas y en la Fiesta de los Tabernáculos; y no se presentarán con las manos vacías delante del Señor.”
Deuteronomio 16:16
En el escrito anterior examinamos los argumentos extraídos directamente de Éxodo 12 y demostramos que el texto por sí mismo no respalda la exclusión de los hijos del pacto de la Pascua.
Pero para no perder de vista el bosque por mirar los árboles, debemos recordar que la verdadera cuestión no es la Pascua. Es la Cena del Señor, y si los hijos del pacto bautizados han de ser admitidos a la Mesa. Y puesto que la Cena del Señor se encuentra en continuidad con la Pascua, esa cuestión no es incidental.
Si los niños circuncidados fueron excluidos de la Pascua, ello proporcionaría una base natural para excluir también a los niños bautizados de la Cena.
Por eso, en un sentido muy real, la primer batalla que debe ganarse es la de la Pascua.
Al llegar a este punto, suele plantearse un argumento distinto (para excluir de la Pascua tanto a los niños como a las mujeres), y dado que se utiliza con tanta frecuencia, merece ser expuesto y refutado con la mayor claridad y equidad posibles.
Un cambio significativo
En un artículo de 1988 titulado The Paedocommunion Controversy (La controversia de la paidocomunión), el reverendo Ron Potter sostiene que se produjo un cambio significativo en la legislación pascual con posterioridad a su celebración egipcia. Esto significa que, aun si pudiera demostrarse que los niños participaron de la primera Pascua, dicho cambio excluye su participación en la tierra prometida, y con ello cualquier fundamento para su admisión a la Mesa del Señor.
En la página 12 escribe:
“La Pascua en Sinaí había experimentado una transformación clara… Observamos en Éxodo 23:14–17 que solo los varones debían presentarse delante del SEÑOR en las tres fiestas instituidas, una de las cuales era la Pascua”.
En la página 15 escribe:
«En Deuteronomio 16:16–17 se reitera la legislación de Éxodo 23. Solo los varones (v. 16) quienes son receptores de la bendición de Dios sobre su productividad (v. 17) han de participar».
El Principio Regulador
La posición delineada por el reverendo Potter constituye una aplicación del Principio Regulador de Adoración (PRA). Sin entrar en las distinciones más finas (entre elementos y circunstancias), el Catecismo de Heidelberg nos ofrece una buena definición operativa de esta norma. En la pregunta 96 enseña que no debemos adorar a Dios “de ninguna otra manera que la que Él nos ha mandado en Su Palabra”. Esta regla es muy distinta de lo que suele denominarse el “principio normativo”, según el cual todo es lícito a menos que Dios lo prohíba. Por el contrario, el PRA afirma que algo es ilícito a menos que Dios lo mande.
Al apelar a este principio, el reverendo Potter deja claro lo que está argumentando: a saber, que era ilícito que las mujeres y los niños participaran de la Pascua, puesto que en la legislación posterior no se les manda hacerlo.
En la superficie, ese argumento posee cierto peso. Pero, a mi juicio, termina creando más problemas de los que resuelve, especialmente cuando se aplica con precisión y consistencia.
Problema n.º 1: Una aplicación precisa conduce a la herejía
El peligro del argumento del reverendo Potter radica en que el mandato de esos pasajes se refiere a quién «se presenta» en la fiesta, no a quién «come» en la fiesta, como aclaran Keil y Delitzsch en su comentario:
“El mandato de presentarse, es decir, de peregrinar al santuario, estaba restringido a los miembros varones de la nación, probablemente a los mayores de 20 años”.¹
Si ese es el caso, entonces aplicar el PRA a esta cuestión convierte en ilícita toda peregrinación voluntaria a la Pascua. Coloca a cualquiera que asista a la fiesta sin habérsele mandado hacerlo en violación de la Palabra de Dios, puesto que transgrede el mismo principio de adoración bíblica que se está invocando (el PRA).
El verdadero problema es que la Escritura nos dice explícitamente que no solo María «iba todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua», sino que Jesús mismo subió siendo apenas un niño de «doce años» (Lc. 2:41–42). Para ser consistente, entonces, el reverendo Potter tendría que afirmar que tanto María como (¡Dios no lo permita!) el Señor Jesús fueron culpables de esta transgresión (puesto que Él aún no había cumplido los 20 años).
Esto sería una flagrante blasfemia, pues despojaría a Cristo de Su obediencia sin pecado, lo descalificaría de ser el Cordero inmaculado y haría colapsar todo el evangelio. Porque si Jesús hubiese quebrantado la ley aunque fuese una sola vez, no podría haber muerto en nuestro lugar. (Trataré Lucas 2 y la supuesta primera Pascua de Jesús en la próxima publicación).
Pero quizá sea esta la razón por la que quienes emplean esta forma de argumentación sienten la necesidad de ajustarla al final. Ven la consecuencia necesaria de una aplicación precisa del PRA a este asunto, y entonces maniobran para evitarla.
El reverendo Potter escribe:
“Debe señalarse que este mandato de que solo los varones acudieran al santuario no prohibía necesariamente que las mujeres y los niños acompañaran al varón cabeza de familia a la Pascua. Pero presencia no es participación, y la legislación se dirige a quién ha de participar” (p. 12).
Con todo el respeto debido al reverendo Potter, esto es lo que llamamos un “anzuelo con cambio” (*bait and switch*). Comienza apelando a textos que regulan la asistencia a la fiesta (a quién se le manda presentarse), pero luego desplaza el argumento hacia la participación en la fiesta (a quién se le permite comer).
Y no es el único en realizar esta maniobra. En una reciente reimpresión de su publicación de 2006, ahora titulada Toddlers at the Table (Niños pequeños a la Mesa), el reverendo Jim West hace lo mismo.
En la página 28 escribe:
“¿Habría sido desobediente que una mujer participara de la Pascua peregrina que se celebraba posteriormente, cuando Israel ocupaba la tierra? Sí, puesto que no se les mandó”.
Esto también es un caso de anzuelo con cambio. No es solo que las mujeres (y los niños) no recibieran mandato alguno de participar; tampoco recibieron mandato alguno de asistir. De modo que la lógica fuerza la cuestión: o su asistencia era ilícita, o el argumento no puede sostenerse. Esto nos lleva al segundo problema.
Problema n.º 2: Una aplicación consistente excluye a las mujeres de la Mesa del Señor
Otro problema con este argumento es que una aplicación consistente del mismo prueba demasiado. Aun cuando concediéramos la aplicación anterior, seguimos enfrentando una pregunta importante. Dejando a un lado a los niños por el momento: ¿sobre qué base se permite ahora a las mujeres participar de la Cena del Señor?
¿Por qué quienes afirman que las mujeres fueron excluidas de la Pascua simplemente porque no se les mandó participar no las excluyen también de la Cena del Señor por la misma razón?
Es cierto que no encontramos mandato alguno para que ellas participaran de la Pascua, pero ¿dónde encontramos tal mandato para la Mesa?
Esto equivale a la falacia del «alegato especial» (*special pleading*) y nos deja ante la elección entre dos opciones posibles. O bien podemos (1) ser consistentes y excluir a las mujeres de la Mesa del Señor, o bien (2) abandonar el argumento por completo. Pero no podemos tener ambas cosas; no podemos conservar el pan y comerlo a la vez.
Cualquiera familiarizado con la teología reformada sabrá que empleamos el mismo argumento para confrontar al antipaidobautista. Cuando nuestros amigos bautistas dicen que los infantes no deben ser bautizados “porque la Biblia en ninguna parte lo manda”, típicamente respondemos exponiendo su inconsistencia respecto al otro sacramento.
Por ejemplo, en su Teología Sistemática, Louis Berkhof escribe:
“Esta objeción se basa en un canon de interpretación al cual los propios bautistas no son fieles cuando sostienen que las mujeres también deben participar de la Cena del Señor”.
Lo admitiera Berkhof o no, su respuesta se aplica con igual fuerza a quienes dicen que los niños no deben participar de la Cena del Señor simplemente porque la Biblia en ninguna parte lo manda.
Y esto nos devuelve al corazón del asunto. En la doctrina reformada de la paidocomunión, la admisión de las mujeres y los niños a la Cena del Señor descansa sobre un punto de continuidad entre el antiguo pacto y el nuevo.
Puesto que participaron de la comida del antiguo pacto, conservan el derecho continuo de participar de la comida del nuevo pacto, aun en ausencia de un mandato explícito.
Pero si el reverendo Potter tiene razón en que las mujeres y los niños fueron removidos de la Pascua bajo la legislación posterior, entonces esa continuidad queda eliminada, y nos quedamos sin fundamento alguno para su participación en la Cena.
Una mejor interpretación
¿Existe una mejor interpretación de Deuteronomio 16 (cf. Éx. 23)? ¿Una que no conduzca a nociones heréticas ni a divisiones adicionales e innecesarias en la Mesa del Señor mediante la exclusión de nuestras mujeres y nuestros niños?
La respuesta es: sí, y para resumir esa interpretación podemos decir:
Es mejor argumentar que la legislación posterior al Éxodo tenía el propósito de suplementar la legislación previa, no de reemplazarla.
Para el momento en que los israelitas recibieron la legislación adicional de Éxodo 23 y Deuteronomio 16, ya habían celebrado la Pascua conforme a las instrucciones originales dadas en Éxodo 12 (aquella misma noche en Egipto, Éx. 12:28, y de nuevo en el desierto, Nm. 9:1–5). En ambos casos, las mujeres y los niños fueron incluidos.
Por lo tanto, para no desestimar el precedente histórico y no cometer la falacia hermenéutica del «repeticionismo» (la noción de que Dios debe repetir sus mandatos para que estos permanezcan en vigor), debemos asumir una postura predeterminada de continuidad, obedeciendo todo lo que Él ha mandado en el pasado a menos que Él mismo indique lo contrario.
Esta regla hermenéutica es distinta de la que emplean nuestros oponentes, pero es sencilla de entender:
Lo que continúa no necesita repetirse; lo que discontinúa debe ser explícitamente revocado.
Cuando aplicamos esta regla, que según Greg Bahnsen constituye el principio operativo central de la teología del pacto,² comenzamos a ver con claridad qué está sucediendo, y qué no está sucediendo, en la legislación de pasajes como Deuteronomio 16.
Primero, lo que sucede con la Pascua (Dt. 16:1–8)
En los versículos 1–8, el SEÑOR no mencionó quiénes habían de ser incluidos en la Pascua porque ya lo había dejado claro en Éxodo 12: había de haber un cordero para cada «casa» y «toda la congregación» debía guardar la fiesta (Éx. 12:3–4, 47).
El propósito primario de esta legislación adicional, entonces, no era remover participantes, sino notificar al pueblo acerca del cambio que se daría. Ahora, habría una locación centralizada. La Pascua ya no se celebraría en sus hogares.
Deuteronomio 16:2, 5–7:
Sacrificarás la Pascua al Señor tu Dios con ofrendas de tus rebaños y de tus manadas, en el lugar que el Señor escoja para poner allí Su nombre…Sacrificarás la Pascua al Señor tu Dios con ofrendas de tus rebaños y de tus manadas, en el lugar que el Señor escoja para poner allí Su nombre.
Segundo, lo que sucede con las otras dos fiestas (Dt. 16:9–15)
Puesto que Dios estaba ahora introduciendo la Fiesta de las Semanas (vv. 9–12) y la Fiesta de los Tabernáculos (vv. 13–15), tenía que ser claro respecto a quiénes habían de participar en ellas, tal como lo fue con la Pascua en Éxodo 12. Por lo tanto, comunicó claramente (de forma explícita) que en estas fiestas las mujeres y los niños también habían de ser incluidos.
Deuteronomio 16:10–11:
Entonces celebrarás la Fiesta de las Semanas…Y te alegrarás delante del Señor tu Dios, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, el levita que habita en tus ciudades, y el extranjero, el huérfano y la viuda que están en medio de ti, en el lugar donde el Señor tu Dios escoja para poner allí Su nombre.
Deuteronomio 16:13–15:
Durante siete días celebrarás la Fiesta de los Tabernáculos…Y te alegrarás en tu fiesta, tú, con tu hijo y tu hija...
Una posible objeción
Algunos han buscado rechazar esta interpretación y defender en su lugar la posición del reverendo Potter. El pastor Sam Ketcham, por ejemplo, apela al significado del término «presentarse» y argumenta que el mandato exclusivo a los varones de presentarse en la Pascua significaba que solo los varones habían de «participar directamente en la ordenanza».
Al parecer (y no soy un erudito), el verbo hebreo detrás de «presentarse» es רָאָה (*raʾah*) en el tema Nifal, y la misma forma se emplea en 1 Samuel 1:22, donde Ana lleva a Samuel a «presentarse delante de Jehová» en presentación cúltica formal en el santuario.
Según esta lectura, entonces, «presentarse» en la fiesta no es mera asistencia sino transacción pactual formal. Y puesto que la legislación mosaica canaliza consistentemente la representación pactual a través del varón cabeza de familia, sería congruente que la participación activa en la Pascua estuviera restringida a los hombres, con las mujeres y los niños presentes pero sin participar formalmente.
En respuesta, haría algunas observaciones.
Primero, la referencia cruzada a 1 Samuel 1 no es una buena jugada para quienes se oponen a la paidocomunión, puesto que los versículos 21–22 muestran que Samuel no tenía más de tres años cuando «se presentó» delante de Jehová en Silo:
“Subió el varón Elcana con toda su casa a ofrecer al Señor el sacrificio anual y a pagar su voto. Pero Ana no subió, pues dijo a su marido: «No subiré hasta que el niño sea destetado. Entonces lo llevaré para que se presente delante del Señor y se quede allí para siempre».”
Más aún, esta presentación del niño incluía su participación en el sacrificio anual de la familia. Aprendemos del versículo 4 que la práctica anual de Elcana era distribuir porciones de la ofrenda a toda su casa:
“Cuando llegaba el día en que Elcana ofrecía sacrificio, daba porciones a Penina su mujer y a todos sus hijos e hijas…”
Y cuando Ana finalmente subió con Samuel después de destetarlo, el texto deja claro que el niño fue incorporado a esa misma comida familiar:
Después de haberlo destetado, llevó consigo al niño, y lo trajo a la casa del Señor en Silo, aunque el niño era pequeño. También llevó un novillo de tres años, un efa (22 litros) de harina y un odre de vino. Entonces sacrificaron el novillo, y trajeron el niño a Elí… Y adoró allí al Señor. (1 Samuel 1:24–25, 28)
En otras palabras, el mismísimo pasaje al que apela el pastor Ketcham para establecer una definición de «presentarse» restringida a varones adultos resulta ser un caso de manual de paidocomunión. Un niño de tres años se presenta delante de Jehová en el santuario central y participa de la comida sacrificial con su familia.
Segundo, y más importante, advertiría contra apoyarse demasiado en la etimología, puesto que los términos bíblicos no son unívocos (con un solo significado) sino equívocos (con un rango semántico), de modo que el significado preciso de cualquier término lo determina en última instancia el contexto en que se emplea.
Mi pregunta, entonces, es esta: ¿qué hay en el «presentarse» de Deuteronomio 16:16, o en su contexto, que deba llevarnos a concluir que se refiere únicamente a la participación en la comida pascual?
Tres veces al año se presentarán todos tus varones delante del Señor tu Dios en el lugar que Él escoja: en la Fiesta de los Panes sin Levadura, en la Fiesta de las Semanas y en la Fiesta de los Tabernáculos; y no se presentarán con las manos vacías delante del Señor. (Deut. 16:16)
Si bien considero que esa es una pregunta legítima, me apresuraría a añadir que aun si la definición específica del pastor Ketcham se aplicara a este texto, irónicamente descarta la conclusión misma que él desea establecer. De hecho, no hace sino fortalecer el caso a favor de la paidocomunión. Me explico.
En este pasaje, a todos los varones se les manda «presentarse» delante de Jehová tres veces al año: en la Fiesta de los Panes sin Levadura (Pascua), en la Fiesta de las Semanas (Pentecostés) y en la Fiesta de los Tabernáculos. Sin embargo, el hecho de que las tres presentaciones estén regidas por un único uso de esta palabra nos indica que presentarse en la Pascua no es distinto de presentarse en las otras dos fiestas.
En otras palabras, el argumento del pastor Ketcham es otro caso más de alegato especial. La misma palabra rige las tres fiestas, y sin embargo él la carga con un significado para la Pascua y con otro para Pentecostés y Tabernáculos. Pero si «presentarse» significa «participar», entonces o bien las mujeres y los niños fueron excluidos de todas las fiestas, o bien participaron en todas las fiestas. No se pueden sostener ambas cosas.
Y puesto que el contexto manda explícitamente la participación de las mujeres y los niños en Pentecostés y Tabernáculos (cf. Dt. 16:11, 14), la conclusión es ineludible: también se les mandaba participar en la Pascua.
Cabeza federal y acomodación
Pero ahora permíteme responder directamente la pregunta. Si todo el pueblo de Dios era bienvenido a sus tres fiestas anuales, ¿por qué dirigió el mandato únicamente a los varones?
La primera razón es la representación pactual (cabeza federal).
Esta no es una innovación mosaica, sino un principio creacional, entretejido en la estructura misma del mundo.
Adán se erigió como cabeza federal de la raza humana (Ro. 5:12–19), y de ese patrón fluye todo arreglo pactual subsiguiente. El esposo es cabeza de su esposa (Ef. 5:23), el padre es cabeza de sus hijos, y el varón cabeza de familia es el representante de su casa delante de Dios.
Así, cuando Noé entró en el arca, su casa entró con él (Gn. 7:1). Cuando Abraham recibió la señal de la circuncisión, toda su casa la recibió a través de él (Gn. 17). Cuando el cordero pascual fue inmolado en Egipto, fue el cabeza de familia quien aplicó la sangre a los postes de la puerta en favor de su casa (Éx. 12:7).
Y cuando Deuteronomio 16:16 manda a los varones presentarse delante de Jehová tres veces al año, sigue el mismo patrón creacional: el varón porta el deber pactual público de comparecer delante de Dios en representación de la casa.
La esposa y los hijos son presentandados con él y son representados por él, pero la obligación recae sobre sus hombros.
La segunda razón es la acomodación por gracia.
Es posible que estemos ante una distinción cuidadosa entre derechos y requisitos, puesto que la Pascua estaba ahora vinculada a la peregrinación. Cuando el lugar de celebración cambió de los hogares del pueblo a una nueva ubicación centralizada, ese cambio trajo consigo diversas dificultades prácticas para las familias que viajaban largas distancias. Una madre lactante, un niño pequeño, una abuela anciana: de ninguno de ellos podía esperarse que emprendiera el viaje al santuario central tres veces al año sin dificultad.
Por lo tanto, Jehová hizo una provisión de gracia: solo los varones de veinte años en adelante estaban obligados a asistir.
The rest of the household was excused from the obligation but not stripped of the privilege.
El resto de la casa quedaba eximido de la obligación, pero no despojado del privilegio.
De esta manera, la legislación adicional de Deuteronomio 16 no fue diseñada para remover a las mujeres y los niños de la comida del pacto, sino para atender sus necesidades como casa del pacto en peregrinación.
Y esto es precisamente lo que deberíamos esperar de un Dios que es Padre de Su pueblo. A lo largo de la Escritura, el SEÑOR hace provisión para los débiles aun cuando impone sus mandatos sobre los fuertes:
Apoya a Moisés dándole un hermano que hable por él cuando Moisés alega su lengua torpe (Éx. 4:14–16).
Manda a los segadores dejar espigas en los rincones del campo para el pobre y el extranjero (Lv. 19:9–10).
Exime al recién casado del servicio militar durante un año para que alegre a su mujer (Dt. 24:5).
Incorpora al sábado, la ordenanza más celosamente guardada del antiguo pacto, provisiones para la necesidad humana: el hambriento puede arrancar espigas (Mt. 12:1–8), el herido puede ser sanado (Mt. 12:11–12), y el asno caído en un pozo puede ser levantado (Lc. 14:5).
Permite que David y sus hombres coman del pan de la proposición, que era lícito solo para los sacerdotes (1 S. 21:1–6; Mt. 12:3–4), porque la ley ceremonial siempre se inclina ante la ley moral.
Toda la ley está impregnada por este tipo de provisión pastoral.
De modo que cuando Jehová restringe la obligación de peregrinar a los varones de veinte años en adelante, está haciendo lo que siempre ha hecho: distingue entre lo que se exige del fuerte y lo que se acoge del débil. Honra al cabeza de familia depositando la obligación sobre sus hombros, y honra a toda la casa invitándola a venir y regocijarse con Él.
Así, cuando leemos Deuteronomio 16:16 a la luz de Deuteronomio 16:1–15 y de la legislación original de Éxodo 12, el cuadro cobra pleno enfoque:
A los varones se les mandó presentarse. Las mujeres y los niños fueron invitados a venir. Y todos ellos, juntos como casa del pacto, participaron de la comida.
¹ Keil y Delitzsch, comentario sobre Éxodo 23:14–17.
² Referencia a Greg Bahnsen sobre el principio operativo central de la teología del pacto.
Traducido por Leonardo Ehrenstein